ESCRITOS DE UN MINUTO PARA REFLEXIONAR UN RATO

Son ideas que vienen a la mente, generalidades que pueden tocar una que otra fibra. Aparecerán según la acogida y los comentarios. Ya hay varias reflexiones listas para publicar, solo falta que alguien las lea y deje un comentario. Al completar 10 comentarios para esta entrada, aparecerá otra reflexión. Así que, para leer más, recomendamos compartirlos e invitar a que comenten.

El tren a ninguna parte (I).

Llamó a esos años el tren a ninguna parte, aunque en realidad fueron muchos trenes, muchos buses, muchos vuelos y demasiadas estaciones.

La huida comenzó una tarde oscura de abril en Bogotá. El cielo estaba bajo, pesado, como si compartiera su vergüenza. Había dejado de luchar por encajar en una sociedad que no perdonaba el embarazo adolescente, ni la separación adolescente, ni esa etiqueta cruel de “bien estropeado” que parecía perseguirlo desde que lo apartaron de su mujer embarazada. Luego vino el bloqueo: los padres de ella cerraron todas las puertas para que no conociera a su hija. Renunció a su juventud para asumir una responsabilidad que tampoco le permitieron ejercer. Esa fue la herida más honda: no el error, sino la imposibilidad de repararlo.

Esa tarde no buscaba destino, solo movimiento. Fue a la terminal de transportes y tomó el primer bus que salía hacia el sur. Terminó en Ipiales, una ciudad remota, fría, suspendida cerca de la frontera con Ecuador. Desde allí caminó hasta el Santuario de Las Lajas, esa catedral imposible colgada sobre el abismo. Las monjas lo alojaron en una celda austera. Pasó días en silencio, buscando una placa escrita por su abuelo materno que hablaba de “Un milagro de Dios en el abismo”. Quería encontrar en esas palabras una señal, una justificación, una grieta por donde se filtrara el sentido.

No encontró el milagro. Encontró el vértigo.

Los paisajes andinos, montañosos, en mil tonos de verde ordenados como tapices geométricos, lo empujaron hacia Quito. Bajo el sol canicular intentó proyectarse como periodista. No tenía contactos, ni plan, ni estrategia. Solo la certeza íntima de saberse comunicador por haber terminado sus estudios. Caminaba con una libreta vacía, imaginando entrevistas que nunca ocurrían.

Regresó a Bogotá en un vuelo ligero y volvió a partir casi de inmediato. Dejó a sus padres una “talla quiteña” de una virgen —que luego resultó ser una falsificación burda— y unas artesanías auténticas. Cerró la puerta de su casa como quien cierra una etapa sin saber si volverá.

Su primera escala en Europa fue Madrid. Apenas unas horas de conexión. Suficientes para oler otra lengua, otra cadencia. Luego, el salto a Londres. Nadie lo esperaba. Era una noche fría de mayo. Montó por primera vez en metro, descendió en Sloane Square y tomó uno de esos taxis negros que lo llevaron por King’s Road hasta su buhardilla en Fulham. El trayecto le pareció una película ajena en la que, sin embargo, era protagonista.

Vivió allí varios meses. Hasta que un día compró un tiquete en Dan Air y voló a Tel Aviv. Desde allí tomó un bus hacia un moshav en el Desierto del Negev. Bajo el amparo casi bíblico del cometa Halley —esa estrella con estela que parecía una promesa o una advertencia— trabajó en la cosecha y empaque de melones, tomates, pimentones, berenjenas y hierbas aromáticas.

El desierto lo sorprendió con mares verdes posibles gracias al riego por goteo. Convivió con un expresidiario inglés que le enseñó los secretos del cockney, y con jóvenes suecos, alemanes, sudafricanos, franceses, italianos. Era una comunidad improvisada en medio de la nada. Por las tardes miraba el horizonte, donde el cometa trazaba su línea luminosa, y sentía que su vida también era eso: un trazo fugaz en una bóveda inmensa.

Antes de regresar pasó por El Cairo. Permaneció días largos, polvorientos, intensos. Viajó en tren hasta Luxor y navegó el Nilo como quien recorre una arteria antigua del mundo. Luego volvió a Londres en un vuelo atestado de rabinos, empacó sus pocas pertenencias y trabajó unos meses más antes de partir hacia el norte.

En Inverness intentó rescatar una gaviota que se ahogaba en el río. Llamó desde un teléfono público a los servicios de emergencia. El episodio terminó convertido en nota de vespertino. Siempre le pareció irónico: incapaz de salvar su propia historia, tratando de salvar un ave desconocida.

En Glasgow caminó bajo la sombra pétrea del castillo y visitó fábricas de lana en las afueras. Compró prendas gruesas para enviar al trópico, como si la distancia pudiera tejerse y doblarse dentro de una caja.

En el bus de regreso a Londres conoció a una australiana joven y luminosa. Compartieron un hotel en Liverpool. Pudo haber sido otra vida. No lo fue. Se despidieron con una naturalidad que dolía menos que la promesa.

Tras unos días en un hostal juvenil en Holland Park, tomó un ferry hacia Amsterdam. Disfrutó la libertad de los cafés con menús de cannabis y el aire limpio que le recordó a Marion, su vecina holandesa de infancia. A los nueve años habían salido de la mano del teatro Almirante después de ver Melody, cantando canciones de Bee Gees como si el amor fuera simple y eterno.

Desde allí viajó a La Haya y partió en tren hacia Hamburgo. Se bajó en la estación equivocada. Un alemán, buen samaritano inesperado, lo llevó en su BMW a toda velocidad por la autobahn hasta el hostal. En Hamburgo recorrió el puerto, navegó por el lago, caminó por el distrito rojo pensando que tal vez podría enrolarse como marino en alguno de esos buques gigantes y desaparecer del todo.

Siguió a Stuttgart, donde se reencontró con Sabine, su compañera de estudios en Londres. Con ella vivió la relación más dulce de esos años errantes. No puede olvidar la imagen: Sabine sentada junto a la ventana, como una pintura del Renacimiento, remendando el bolsillo de su chaqueta que se rasgó en Covent Garden mientras corrían riendo al salir de un pub. Ese gesto doméstico —coser una herida mínima— le pareció más íntimo que cualquier declaración.

Pasaron un día luminoso y se despidieron sin drama.

Él tomó un tren hacia Núremberg. Se alojó en un hostal instalado en las antiguas caballerizas del castillo, en lo alto de la colina. Una tarde pasó horas sentado en la baranda de un puente sobre el río que cruza la ciudad vieja. Miraba el agua avanzar sin preguntar de dónde venía ni hacia dónde iba.

Entonces entendió por qué llamaba a su vida un tren a ninguna parte.

No era que no hubiera destinos. Había demasiados. Lo que faltaba era anclaje.

Cada ciudad era una estación provisional donde intentaba dejar atrás el fracaso, la culpa, la sensación de nulidad. Pero las maletas siempre llevaban lo mismo: su historia sin resolver, su paternidad suspendida, su juventud amputada.

Viajaba para no quedarse.

Y sin embargo, en cada puente, en cada andén, en cada habitación prestada, lo acompañaba la misma pregunta:

¿Se puede huir de lo que uno es?

El tren seguía avanzando. Él también.

Sin saber todavía que ninguna distancia sería suficiente hasta atreverse a regresar, no a un lugar, sino a sí mismo.

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