Estaciones intermedias
Siguió viajando.
No por entusiasmo, sino por inercia. El silencio era su único equipaje constante. Cambiaban los idiomas, las monedas, las estaciones; no cambiaba esa sensación de estar suspendido en una vida que no terminaba de comenzar.
En Innsbruck se alojó en un hostal en la cima de una montaña, al que se llegaba en ascensor como si se ascendiera a otra dimensión. Compartió habitación con un grupo de turistas canadienses ruidosos y amables. Le recordaron su estadía en Luxor, cuando conoció en un tren a una pareja de australianas con las que compartió risas ligeras y promesas que el viaje disuelve.
Meses después, ya en Londres, se encontraría con una de ellas en King’s Road. Fueron a una fiesta típica de Sloane rangers, copas, risas estudiadamente despreocupadas, un intento de relación que no sobrevivió más allá de una despedida incómoda al amanecer. Otra posibilidad archivada sin drama, pero con ese regusto de oportunidad malograda.
De Innsbruck conserva todavía una talla en madera: el rostro de un hombre barbado, severo, casi bíblico. Es uno de los pocos objetos que sobrevivieron a su viaje a ninguna parte. A veces lo mira y piensa que ese rostro es el suyo: endurecido por el clima, tallado por el viento.
En Salzburgo pasó dificultades bajo una lluvia persistente. Caminó sin rumbo, empapado, con los zapatos pesando como si absorbieran no solo agua sino desánimo. Subió al tren hacia Colonia todavía húmedo. Allí ascendió los novecientos y tantos escalones de una de las espiras de la Catedral de Colonia. Quería una fotografía desde lo alto, una prueba física de que había llegado. El silencio en la torre era espeso, casi eterno. Esa imagen aún resuena en su memoria cansada.
En el tren rumbo a Múnich, el destino —o la pura casualidad— le concedió un breve descanso. Una alemana desinhibida y decidida transformó una fantasía en realidad. Fue un paréntesis luminoso, sin promesas, sin futuro. Solo presente. A veces piensa que ese instante le salvó semanas de tristeza.
En Múnich visitó la villa olímpica, recorrió la fábrica de BMW, caminó por bares donde nadie sabía su nombre. Y, como siempre, cuando la noche se volvió demasiado larga, tomó otro tren. Esta vez hacia Zagreb, en la entonces Yugoslavia.
Zagreb le produjo una inquietud inexplicable. El tranvía atravesando la franja verde entre amplias avenidas, las miradas que sentía sobre su espalda, la sensación de ser extranjero en un lugar que parecía observarlo con reserva. Visitó el museo dedicado a Josip Broz Tito y pasó un día con Bárbara, compañera de la escuela de inglés en Londres. Ella lo introdujo a su grupo de amigos, risas, conversaciones, normalidad. Por unas horas fue parte de algo.
Luego tomó un autobús a Dubrovnik. Se alojó en una casa de familia, de esas donde los anfitriones capturan huéspedes en la terminal con sonrisas urgentes. Gente buena, recursiva, hospitalaria. Caminó por las calles empedradas de la ciudad amurallada, visitó sin saberlo una isla nudista, se dejó sorprender por la naturalidad ajena.
De noche abordó un barco rumbo a Bolonia, cruzando el Adriático con la esperanza de llegar a Como, donde quizá lo aguardaba un trabajo en un hotel de lujo junto al lago. La invitación nunca se concretó. Otra expectativa que se evaporó antes de tocar tierra.
Improvisó entonces un recorrido por Italia. En Roma pasó días enteros observando jóvenes equitadoras en Villa Borghese, como si contemplar disciplina y gracia pudiera ordenarle la vida. Recorrió los laberintos de Venecia, donde cada canal parecía un espejo deformante. Subió a Florencia y, una mañana cualquiera, amaneció en París, en el boulevard Jules Ferry, compartiendo un hostal con jóvenes de todas partes del mundo. Idiomas mezclados, planes improvisados, afectos instantáneos.
Llegó a Calais con un boleto para abordar el aerodeslizador hacia Dover. El mar gris, el viento frío, la sensación de regresar sin haber llegado. En Londres se hospedó junto a la Catedral de San Pablo. Caminaba alrededor de la cúpula como si buscara absolución arquitectónica.
Días después abordó su vuelo de regreso a Bogotá.
Viajó por todas partes con el anhelo persistente de encontrar dónde tirar el ancla, dónde sosegarse, crecer en compañía de alguien, construir una vida que no dependiera del próximo boleto. Pero cada ciudad fue apenas una estación intermedia.
Hoy, al mirar atrás, siente que todo ese caminar —kilómetros de rieles, carreteras, mares cruzados de noche, paisajes deslizándose frente a ventanas empañadas— fue tiempo perdido. Tiempo invertido en escapar. Tiempo que ahora revive anclado en la memoria.
Se descubre viviendo más en el recuerdo que en el presente. Añorando tener lo que nunca tuvo. Contemplando, con una mezcla de resignación y rabia, la idea de que tal vez nunca lo tendrá.
Y sin embargo, en lo más hondo, sabe que esos viajes no fueron solo fuga.
Fueron búsqueda.
El problema no fue moverse demasiado, sino no saber qué estaba buscando. No era un país, ni un trabajo, ni una mujer distinta en cada estación.
Era permiso para perdonarse.
Y ese destino —lo entiende ahora— no aparecía en ningún mapa ferroviario.

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