ESCRITOS DE UN MINUTO PARA REFLEXIONAR UN RATO

Son ideas que vienen a la mente, generalidades que pueden tocar una que otra fibra. Aparecerán según la acogida y los comentarios. Ya hay varias reflexiones listas para publicar, solo falta que alguien las lea y deje un comentario. Al completar 10 comentarios para esta entrada, aparecerá otra reflexión. Así que, para leer más, recomendamos compartirlos e invitar a que comenten.

El primer corte.

Había estado pensando mucho en los vínculos.

Tal vez porque su vida parecía una sucesión de ellos: vínculos que nacían con fuerza, que prometían permanencia, y que luego se disolvían con una naturalidad casi cruel. Amores, amistades, ciudades, trabajos, promesas. Todo parecía sujeto a esa ley silenciosa de aparición y desaparición.

Una noche, sentado frente a una hoja en blanco, escribió algo que lo sorprendió por su simpleza.

Hay un vínculo que se rompe tan pronto como nacemos.

Durante nueve meses existe un lazo perfecto, físico y absoluto. Un conducto silencioso por donde circula todo lo necesario para existir: alimento, oxígeno, calor, protección. En ese espacio acuoso no hay hambre, no hay frío, no hay decisiones. La vida sucede sin esfuerzo.

Luego, en el instante del nacimiento, ese vínculo se corta.

El cordón umbilical es separado de la matriz que ya cumplió su cometido. La conexión se interrumpe de manera irreversible, y el recién nacido queda arrojado a su propia supervivencia.

Respirar o morir.

Nada más inmediato que eso.

La primera bocanada de aire no es una celebración. Es una urgencia. Un acto de supervivencia que inaugura una cadena de respiraciones que no se detendrá hasta el último día de la vida.

Cambiamos la placidez acuosa de nuestra primera morada por la asfixiante necesidad de consumir oxígeno constantemente. Desde ese momento, cada segundo depende de ese gesto mecánico: inhalar, exhalar.

Inhalar, exhalar.

Una repetición infinita.

Pensó que tal vez ahí comenzaba la dificultad de vivir. En ese primer corte. En esa separación abrupta de un estado de unidad absoluta hacia una existencia individual marcada por la carencia.

Había leído alguna vez que, en el pensamiento budista —ligado a la tradición de figuras como Siddhartha Gautama—, el sufrimiento forma parte esencial de la existencia humana. No como castigo, sino como consecuencia inevitable del deseo, del apego, de la separación.

Quizás el primer sufrimiento no es emocional ni espiritual.

Quizás es fisiológico.

Respirar.

Respirar es la señal permanente de que algo se rompió.

De que ya no estamos en ese lugar donde la vida se sostenía sola.

Durante años no había pensado en ello. Pero últimamente la idea regresaba con insistencia, como si contuviera una clave para entender por qué a veces todo parecía tan difícil.

Como si llegar al mundo fuese, en cierto sentido, una condena.

Una condena suave, inevitable, disfrazada de oportunidad.

También escribió otra frase que le pareció aún más extraña.

El día en que seamos capaces de dejar de respirar conscientemente, estaremos rehaciendo ese vínculo.

No como suicidio, no como derrota.

Sino como trascendencia.

Mientras vivimos, nuestro vínculo con la existencia es el aire. El ritmo de nuestros pulmones. El ciclo automático que nos sostiene.

Inhalar.

Exhalar.

Pero imaginó que tal vez, cuando llegue el momento final, ese ritmo se detendrá de la misma manera en que comenzó: abruptamente.

El último suspiro.

El instante en que el cuerpo deja de reclamar aire.

Quizás entonces ocurre algo que todavía no comprendemos. Tal vez en ese momento se restablece, de alguna forma misteriosa, aquel vínculo original que nos sostuvo durante nueve meses de travesía celular.

Una transformación silenciosa.

De un impulso inicial —que pudo haber nacido del amor, de la pasión, de la violencia, de la inocencia, de la ignorancia, de la esperanza o incluso del accidente— surge un ser de carne y hueso que atraviesa décadas respirando.

Respirando para vivir.

Respirando para sufrir.

Respirando para amar.

Respirando para perder.

Después vienen otros vínculos. Vínculos que dependen de uno mismo y de los otros: padres, amantes, hijos, amigos, ciudades, recuerdos.

Pero ninguno es tan fundamental como ese.

El vínculo con el aire.

El pacto silencioso entre los pulmones y el mundo.

Un pacto que termina en el momento exacto en que dejamos de respirar.

Y pensó, mientras miraba la frase escrita en la hoja, que tal vez toda su vida había sido una búsqueda de algo parecido a aquel primer estado de paz.

Un lugar donde la existencia no exigiera tanto esfuerzo.

Donde vivir no fuera, segundo tras segundo, ese acto involuntario de supervivencia.

Respirar.

Respirar.

Respirar.

Hasta el día en que ya no sea necesario.

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