A veces piensa que su problema nunca fue la falta de amor, sino la abundancia de proyecciones.
A lo largo de su vida hubo mujeres que lo cautivaron un instante o un largo rato, presencias fugaces que sin embargo dejaron una estela persistente, como si cada una hubiera abierto una puerta a una vida alternativa que no llegó a existir, pero que pudo haber sido.
Está la bailarina inglesa. La conoció en Chile, parte de una coreografía especial para el lanzamiento de una campaña de marketing. Profesional, concentrada, pero con una luz en la mirada que no pertenecía al escenario. Apenas intercambiaron palabras. Años después, en Londres, en plataformas opuestas de un tren, volvieron a verse. No hubo gesto exagerado, solo un reconocimiento inmediato. Se miraron como quienes entienden algo sin haberlo vivido. Él bajó en su estación con la certeza irracional de que, de haber conectado en el momento adecuado, habrían estado juntos para toda la vida.
O la chica en la playa de Cartagena. La zona electrónica patrocinada por una marca de vodka, música vibrando en la arena, cuerpos jóvenes celebrando el calor y la noche. Ella rozó su brazo al entrar. Solo eso. Pero el contacto produjo en él un corto circuito que le duró meses. Ese cuerpo bello, ese rostro que combinaba inocencia y sensualidad sin esfuerzo. Nunca supo su nombre. Sin embargo, durante semanas imaginó conversaciones, viajes, mañanas compartidas frente al mar.
Recuerda también a la estudiante del autobús en Fulham Road, rumbo a Chelsea. Sentada en la primera banca del segundo piso, la luz londinense suavizando sus rasgos hasta volverlos casi irreales. Angelical, celestial. Iba a la misma escuela de inglés que él. Varias veces coincidieron. Nunca se atrevió a abordarla. Sentía que acercarse sería una profanación, como si la pureza que proyectaba se deshiciera al contacto con la palabra.
Y la hermana de su gran amigo del colegio. Cuando la conoció, sin saber quién era, la describió como un “feto”, pequeña, frágil, casi infantil en su apariencia. Luego supo la verdad. Y luego, sin transición lógica, se enamoró profundamente. Tanto que su vida cambió de rumbo. Esa relación no fue fantasía: fue terremoto. Con ella aprendió que el juicio inicial puede ser apenas la antesala de la rendición.
Está también la desconocida del supermercado en Francia. Un cruce de miradas entre pasillos. En ese segundo suspendido creyó leer una historia completa: comprensión, pasión, entrega. Dos adultos reconociéndose en silencio. Siguió caminando, pero durante días pensó que el rumbo de su vida pudo haber cambiado con un simple gesto.
La pequeña bañista en Bocagrande, cerca del edificio de la máquina de escribir. Dejó caer su reloj en la arena. Él, movido por una atracción inexplicable, se lanzó a buscarlo con una determinación casi heroica. Lo encontró al primer intento y lo levantó triunfante, esperando —sin admitirlo— un beso que nunca llegó. Lo que quedó fue la imagen de aquella morena delicada con traje de baño de colores vivos, convertida en símbolo de algo que no sabía nombrar.
Más atrás aún, la obsesión infantil por la niña campesina que vio brevemente en Tunja, durante una escala rumbo a la laguna de Tota. Ambos tenían la misma edad. No intercambiaron palabra. Pero su figura quedó asociada al frío, a la trucha arcoíris, a los días que parecían eternos. Fue su primer descubrimiento de que el deseo puede nacer a distancia y sin contacto.
La cajera del banco en Scottsdale. Rostro exótico, mirada directa. Un leve movimiento de cabeza que interpretó como invitación. Estaba seguro de que, si hubiera tenido la valentía de dar el siguiente paso, habrían formado dos nuevas vidas. Nunca volvió.
Y la asistente de la peluquería. Humilde, discreta, inexplicablemente magnética. Durante meses fue a cortarse el pelo dos veces por semana solo para verla. No pasó nada. No necesitaba que pasara. La fantasía era suficiente combustible.
Todas esas mujeres. Todos esos instantes que se expandieron en su mente hasta convertirse en biografías completas. Relaciones plenas, viajes compartidos, hijos imaginarios, discusiones y reconciliaciones proyectadas en cuestión de segundos.
Desde la distancia entiende que no se enamoraba solo de ellas, sino de la posibilidad que representaban. Cada una condensaba una promesa: la vida que aún podía ser distinta, más intensa, más luminosa.
Y entonces comprende algo que lo inquieta y lo serena al mismo tiempo.
Una relación real, compatible y maravillosa, no es una suma de fantasías. Es una condensación. Cuando dos personas se encuentran de verdad, cuando el sentimiento es mutuo y sostenido, todas esas proyecciones dispersas se integran. La bailarina, la estudiante angelical, la bañista, la desconocida del supermercado, la cajera valiente: todas esas figuras simbólicas encuentran un lugar en una sola mujer real.
La pasión del instante, la ternura, la admiración, el deseo, la complicidad. Todo puede existir en una misma historia cuando hay correspondencia y verdad.
Quizá por eso ahora le cuesta tanto interesarse por alguien nuevo. Ya no se deja arrastrar por el destello momentáneo. Sabe que el brillo aislado no garantiza la arquitectura completa.
No siente tristeza al recordar esas vidas que no fueron. Más bien gratitud. Le enseñaron que su capacidad de imaginar amor era vasta. Que su corazón no era pequeño.
Pero también le enseñaron que la fantasía es ligera, y la realidad pesa.
Si vuelve a amar —piensa— no será por un cruce de miradas que promete eternidad, sino por una mirada que, después de la promesa, se quede.
Y eso, ahora lo sabe, es mucho más raro que la belleza.

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