Ha aceptado su realidad. No con épica ni con resignación amarga, sino con una especie de cansancio lúcido. Ya no hay ansiedad por tener pareja. Las aplicaciones están desinstaladas. Las invitaciones a “presentarle a alguien interesante” le producen una sonrisa educada y nada más.
Lo curioso es otra cosa.
Las mujeres que le presentan no le despiertan el más mínimo interés. No es que les encuentre defectos evidentes. Son inteligentes, amables, incluso atractivas. Pero algo en él no responde. Antes era distinto. Antes bastaba una conversación fluida, una mirada sostenida un segundo más, una coincidencia mínima, y se abría un hilo invisible que rápidamente se convertía en vínculo. Era casi automático.
Ahora no.
Es como si se le hubieran agotado las existencias de pasión. Como si hubiera habido un inventario limitado y lo hubiera gastado sin saberlo. La metáfora le incomoda por lo que sugiere: finitud. ¿Puede acabarse el impulso de amar? ¿O es que simplemente ha aprendido demasiado?
A veces se siente como un cadáver. No en el sentido físico, sino en el afectivo. Observa escenas de coqueteo en restaurantes, parejas jóvenes que se tocan con naturalidad, conversaciones llenas de expectativa, y se percibe fuera de ese circuito. No siente envidia. Siente distancia.
Otras veces se siente invisible.
Camina por la ciudad y advierte que las miradas que antes notaba ya no se detienen. O quizá sí, pero él no las interpreta igual. Se pregunta si su atractivo ha disminuido o si es su energía la que ha cambiado. Tal vez proyecta una quietud que no invita. Tal vez su rostro ahora dice demasiado claramente que ya ha atravesado ciertas tormentas.
Es raro.
Se analiza con la misma frialdad con la que antes examinaba la relación perdida. ¿Qué ha cambiado exactamente? ¿Es la edad? ¿Es la desilusión acumulada? ¿Es la conciencia de que el amor no redime nada si no está sostenido por verdad?
Está solo. Y aunque ha aceptado la soledad como condición posible, no la ha elegido como destino definitivo. Quisiera compañía. Una presencia estable, una conversación al final del día, una risa compartida que no tenga que justificarse.
Pero algo se ha vuelto más exigente en él.
Ya no le basta la química inmediata. Ya no se deslumbra por la admiración ni se deja arrastrar por la intensidad. Espera otra cosa. Algo que ni siquiera sabe describir con precisión, pero que reconoce por contraste: alguien en quien vea lo que nunca recibió del todo en sus relaciones anteriores.
Transparencia sin dramatismo. Deseo sin culpa. Admiración sin idolatría. Libertad sin amenaza.
Tal vez espera demasiado. Tal vez, después de todo lo vivido, el estándar se ha elevado hasta un punto casi inalcanzable. O quizá simplemente ha dejado de estar dispuesto a negociar lo esencial por compañía.
Se pregunta si esta nueva exigencia es madurez o defensa. Si es crecimiento o endurecimiento. Si el aparente agotamiento de la pasión no es, en realidad, una forma de protección.
Hay noches en las que la casa le pesa. El silencio se vuelve denso, tangible. En esos momentos no se siente cadáver ni invisible: se siente humano. Vulnerable. Necesitado.
Y sin embargo, al día siguiente, cuando una nueva posibilidad se presenta, no hay chispa. No hay impulso. No hay urgencia.
Empieza a sospechar que el deseo no ha muerto; simplemente ha dejado de ser automático. Ya no responde al vacío, ni al miedo a quedarse solo, ni al alivio social de “estar con alguien”. Si vuelve a aparecer, tendrá que hacerlo desde otro lugar.
Quizá el precio de haber buscado verdad es este: quedarse un tiempo sin anestesia.
No sabe cuánto durará esta etapa. No sabe si volverá a enamorarse. Pero intuye que, si ocurre, no será por necesidad ni por prisa. Será porque, al mirar a alguien, no sienta que está negociando su integridad.
Mientras tanto, aprende a habitar su propia compañía sin dramatizarla.
No es plenitud.
No es carencia absoluta.
Es una zona intermedia.
Y por primera vez en muchos años, no corre para salir de ella.

Deja un comentario