La primera vez que sintió celos no quiso reconocerlos. Le pareció ridículo, impropio de su edad, casi una traición a la imagen serena que había construido de sí misma durante los años de viudez. Había sobrevivido sola siete años. ¿Cómo iba ahora a perder el equilibrio por una mirada?
Fue una de sus amigas. Una mujer a la que había presentado sin pensar, con la naturalidad de quien no teme nada. Apenas estaban empezando a salir. Recuerda con precisión la escena: las risas, la conversación ligera, y ese instante breve —demasiado breve para ser acusado, demasiado largo para ser ignorado— en el que él sostuvo la mirada de su amiga un segundo más de lo necesario.
No pasó nada. Justamente eso fue lo que más dolió.
No era una amenaza concreta, sino la revelación de una posibilidad. Comprendió entonces que él no había dejado de mirar el mundo femenino. Y no solo a su generación. Miraba también a las jóvenes. A las bonitas. A las que aún no habían perdido la despreocupación en los gestos. No era una mirada lasciva. Eso habría sido más fácil de reprochar. Era una mirada viva. Y eso la descolocaba.
Durante años, ella había aprendido a no ser mirada. A no esperar nada. A no competir. De pronto, estaba ahí, compitiendo con fantasmas, con cuerpos que no eran el suyo, con un tiempo que ya no podía recuperar.
Se lo reclamó. Primero con bromas. Luego con ironía. Después con palabras más duras. Él intentaba explicarse, minimizar, decir que mirar no era desear, que no había intención. Pero cada explicación la hacía sentirse más insegura, como si él habitara un mundo al que ella solo tenía acceso parcial.
Lo que no supo decirle —o no se atrevió— era que cada una de esas miradas reactivaba el miedo primitivo: el de quedarse sola otra vez. No sola en abstracto, sino sola después de haber vuelto a sentir. Eso era lo intolerable.
Y sin embargo, ella también hacía lo suyo.
En las fiestas, cuando bailaba, algo se encendía en ella. No lo hacía para provocarlo, se decía, sino para recordarse que aún estaba viva. Que su cuerpo no era solo memoria y duelo. Bailaba de manera libre, intensa, consciente de las miradas. Sabía que eso a él le incomodaba. Y en el fondo, una parte de ella se alimentaba de esa incomodidad.
Era una forma torpe de equilibrar la balanza.
Si él podía mirar, ella podía ser mirada.
Nunca se lo dijo así. Nunca lo pensó con claridad. Pero cada movimiento exagerado, cada risa alta, cada giro calculado tenía algo de desafío. No contra él, sino contra el miedo a desaparecer.
Cuando él le expresaba su incomodidad, ella se defendía. Decía que exageraba, que era inseguro, que no tenía derecho a reclamarle nada. Y mientras lo decía, lo iba empujando —sin querer— a una posición que él detestaba: la de sentirse mala persona por desear, controlador por sentir celos, culpable por no saber cómo tranquilizarla.
Ella lo necesitaba perfecto. Seguro. Inalterable.
Pero al mismo tiempo, lo probaba.
Cada escena de celos, cada reproche, cada gesto de desconfianza era una pregunta no formulada:
¿Te quedarías incluso así? ¿Incluso con mi miedo? ¿Incluso con mi furia?
Cuando finalmente estalló, no fue por una mirada concreta ni por un baile específico. Fue por el cansancio de vigilar y ser vigilada. Por la imposibilidad de descansar en el amor. Por la certeza —ya instalada— de que él se iría.
Y cuando se fue, no pudo decir que no lo había visto venir.
Solo pensó, con una mezcla de rabia y desolación, que amar tarde era eso: no tener tiempo para aprender de nuevo. Apostarlo todo de una vez. Y perderlo.
A veces se pregunta si lo amó a él o a la posibilidad de no morir en vida. No lo sabe. Lo que sí sabe es que, desde entonces, cada vez que alguien baila demasiado cerca, o mira demasiado libremente, algo en su pecho se cierra.
No por celos.
Por memoria.

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