ESCRITOS DE UN MINUTO PARA REFLEXIONAR UN RATO

Son ideas que vienen a la mente, generalidades que pueden tocar una que otra fibra. Aparecerán según la acogida y los comentarios. Ya hay varias reflexiones listas para publicar, solo falta que alguien las lea y deje un comentario. Al completar 10 comentarios para esta entrada, aparecerá otra reflexión. Así que, para leer más, recomendamos compartirlos e invitar a que comenten.

El miedo antiguo con un rostro nuevo.

La había conocido cuando ella llevaba siete años viuda. Siete años sin nadie. No una relación fallida tras otra, no amantes pasajeros: nada. Como si el mundo afectivo hubiese quedado suspendido el día en que enterró a su marido. Decía que no había hecho falta proponérselo: simplemente no volvió a hacer “clic” con nadie. Hasta que ocurrió.

Tres amantes después —así lo decía ella, con una mezcla de pudor y exactitud contable— apareció él. No fue un flechazo adolescente, sino algo más inquietante: una sensación de reconocimiento tardío. Como si el deseo, después de años de letargo, hubiera despertado de golpe, sin entrenamiento previo, torpe pero voraz.

Se entusiasmó con él de una manera que lo desconcertó desde el inicio. No por el afecto, sino por la velocidad. Muy pronto empezó a describirlo como perfecto. No en un sentido ligero, sino total: perfecto en su manera de hablar, de pensar, de escucharla, de moverse por el mundo. Él intentó restarle importancia, sonreír, corregirla con ironía. Pero ella insistía. Y algo en esa insistencia empezó a incomodarlo.

Porque la perfección es una trampa: no deja lugar para el error, ni para la huida.

Con el tiempo, aquello que ella había elevado empezó a volverse amenaza. El hombre que admiraba comenzó a parecerle demasiado autónomo, demasiado entero, demasiado poco necesitado. Donde antes veía seguridad, ahora veía distancia. Donde antes veía silencio fértil, empezó a imaginar abandono. No lo decía siempre, pero lo insinuaba. Y luego lo decía. Y luego lo reclamaba.

Él no supo —o no pudo— tranquilizarla sin sentirse atrapado. Cada intento de explicarse era leído como retirada. Cada necesidad de espacio, como preludio de una pérdida. La viudez no había sido elaborada del todo; solo había sido congelada. Y ahora, el miedo antiguo regresaba con un rostro nuevo.

La última escena ocurrió como suelen ocurrir las definitivas: sin conciencia de serlo.

Ella estalló. No fue una explosión breve, sino una acumulación largamente contenida. Le reprochó todo: su ambigüedad, su calma, su manera de no prometer, su incapacidad —según ella— de amar como correspondía. Habló del abandono antes de que ocurriera, como si nombrarlo pudiera conjurarlo o provocarlo. Él escuchó. Primero en silencio. Luego con cansancio. Finalmente con una claridad que ya no dejaba margen.

Comprendió que, hiciera lo que hiciera, él sería siempre el que se iba.

Y entonces hizo exactamente eso.

No por crueldad. No por falta de amor. Sino porque quedarse habría significado convertirse en el guardián perpetuo de un miedo que no era suyo. Porque en ese vínculo ya no había encuentro, sino vigilancia. No dos soledades acompañándose, sino una tratando de asegurarse de que la otra no desapareciera.

Después de irse, no hubo alivio inmediato. Solo una forma distinta de dolor. El de saberse, otra vez, el que abandona. El que confirma la profecía ajena. El que llega tarde a comprender que a veces el amor no fracasa por falta de sentimiento, sino por exceso de miedo.

Ahora, mientras se levanta de la esterilla al amanecer, piensa en ella sin rencor. Piensa que tal vez nunca lo vio a él, sino a la posibilidad de volver a vivir. Y que él, sin quererlo, encarnó una promesa que no estaba en condiciones de sostener.

El día comienza.
La ciudad sigue envuelta en niebla.
Y aunque no se perdona del todo, por primera vez tampoco se condena.

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