
Guillermo Valencia es uno de los más reconocidos popayanejos de la historia.
José Domingo Rojas, destacado abogado y periodista payanés, fue un gran admirador del poeta de Ritos, 15 años menor que él, y dejó algunos escritos sobre su coterráneo y contemporáneo que aquí se transcriben, después de 80 años de su creación.
No se alcanzaron a publicar ni lograron la edición final probablemente debido a la prematura muerte de su autor en 1944, meses después de la muerte del maestro Valencia.
Estos textos, que, por su fecha de creación, muy probablemente tenían la intención de hacer un homenaje al autor de Anarkos, Palemón el estilita y Canto a Popayán entre otros, reflejan el contenido original, sin ediciones (solamente se han introducido algunos subtítulos para facilitar la lectura).

José Domingo Rojas
El poeta
Anarkos
Por José Domingo Rojas Arboleda
¡Muchachos!, gritó el Padre Gaujon en el recreo, “los que quieran oír, vengan a oír”.
Los que jugaban a la pelota vasca continuaron en el violento juego; los trompos siguieron zumbando; los perniciosos apostadores de bolas, los que formábamos corrillos y no estábamos interesados en algún deporte nos acercamos al experto naturalista, insigne matemático, gran músico, excelente profesor.
El Seminario Menor de Popayán
Era en 1898 y en el Seminario Menor de Popayán, vetusto edificio que ocupa tres cuartos de manzana en la calle del Seminario. En el zaguán, una hornacina, con una azul estatua de la Virgen de Lourdes. El cancel da al primer patio, el de “los grandes”, triste, con su grada de piedra para el segundo piso y en el descanso, un gran cuadro antiguo, borroso, que representa el purgatorio. El lado oriental de ese patio cierran los muros de la iglesia de “La Compañía”. Del lado occidental y separado por desmanteladas aulas en la parte baja y un larguísimo y oscuro dormitorio en la superior, está el patio de “los pequeños”, en el que nos encontrábamos cuando el padre Gaujon nos llamó. Ese patio es muy amplio, enclaustrado de arcos, enladrillados corredores, salones de estudio, nutrida biblioteca, gabinetes de física, de química, de historia natural, dormitorios que, como la capilla, ahora en este patio y antes en el primero, hacia el norte, daban al huerto sembrado de moreras, cafetos y hortalizas.
Hoy el sabroso huerto está convertido en edificaciones modernas para uso del mismo seminario.
El seminario fue fundado por los jesuitas en 1640. Allí adoctrinaron y difundieron la ciencia hasta que el débil e influido Carlos III los expulsó en 1767. Volvieron en 1845, pero nuevamente fueron desterrados en 1850. Siempre estuvieron esos claustros destinados a la instrucción. Desde 1877 los regentan los padres lazaristas. Vagan allí sombras de alto ejemplo: Francisco José de Caldas, Camilo Torres, Francisco A. Zea, Joaquín Cayzedo y Cuero, Ignacio Herrera y Vergara, José María Quijano, Francisco A. Ulloa, Ignacio y Jerónimo Torres, Joaquín, Manuel José, Manuel María, Tomás Cirpriano Mosquera, las de tantos próceres y epónimos que en ese colegio prepararon sus vidas ¡para la Patria y para la muerte!
Valencia, un alumno controversial y brillante
El Padre Gaujon tomó un sorbo de rapé y nos dijo:
- ¿Saben ustedes quién es Guillermo Valencia?
Pasaba en ese momento el Padre Juan Bautista Malezieux, vigilantísimo rector que en todo estaba.
- ¡Ah!, dijo, en este seminario cursó ese joven; fue mi alumno. No era recomendable su conducta por conversador y travieso. ¡Pero tenía talento! Con un vistazo que daba a las lecciones las aprendía, aunque a veces las inventaba. Tenía yo que andar tras él quitándole libros que no eran de estudio y que no sé cómo se hacía a ellos: cuanto papel o libro caía en sus manos, los devoraba. Se entraba a la biblioteca y se enfrascaba en Cervantes, en Quevedo, en los Luises. Sin fatiga traducía el De vivis ilustribus urbis Romae y se fascinaba con Virgilio u Ovidio. Por leer y conversar descuidaba las clases; las matemáticas no le gustaban; era desaplicado pero su aprovechamiento merecía siempre 5.
- Me contaron, intervino Manuel María Guzmán, que en clase de Economía Política, en la Universidad, Teófilo Nabor Sarria, a cambio de unos dulces, le había hecho a don Guillermo la traducción que a éste le correspondía del texto de Leroy Boalieu. ¡Qué tan aplicado sería!
Un orador sin igual
- Tercié yo: ¡Ah!, ¡don Guillermo Valencia! Lo conocí en un 20 de julio. Estaba yo en la escuela. Había un toldo y una tribuna en la plaza. Tocaba la banda militar. Todos los señores podían decir discursos. Varios habían hablado. Se subió don Manuel Varona y empezó una tremenda filípica contra los conservadores: oscurantistas, retrógrados, qué sé yo decía que eran. Vi a don Fernando Angulo, el gobernador, a don Tomás Olano, a mi papá, don Simón Rojas (gratísima memoria) enviando, afanados, recados a la casa de la esquina noreste de la plaza, calle de San Francisco, donde vivía Valencia, quien llegó a la carrera. Alcanzó a oír a don Manuel. Al concluir éste, ocupó la tribuna don Guillermo y acabó con lo que aquél había dicho, lo batió en toda forma, qué gran defensa hizo del conservatismo. Cuando terminó, todo el público lo aplaudió mucho, los señores lo abrazaban y se hacían lenguas del orador tan jovencito e inteligente.
- Pues su alumno, Padre Malezieux, y el elocuente orador del 20 de julio ha asistido al congreso antes de cumplir los veinticinco años de ley. El general Uribe Uribe, en el informe de credenciales, con lujo de detalles acerca del día y hora del nacimiento (20 de octubre de 1873), de quiénes fueron los padrinos de bautismo y en qué día e iglesia fue bautizado y qué sacerdote derramó el agua () pidió que no se le admitiera como representante. Valencia para defender su elección pronunció un discurso tan levantado y persuasivo que el mismo general Uribe pidió a la cámara que votara en contra de su informe que continuara siendo Valencia la admiración del Congreso. Por cierto que he sabido una cosa muy curiosa: estaba don Guillermo muy intrigado por conocer quién le había dado al general Uribe tan minuciosos datos acerca de nacimiento y la misma tarde de la sesión de las credenciales fue a preguntárselo.
- Si me guarda el secreto se lo digo, le contestó Uribe: fu su hermano Francisco.
No hay dos hermanos que más se quieran como don Guillermo y don Francisco. Este es liberal. Ha tenido fuertes polémicas de prensa con su hermano; discuten acaloradamente, pero se guardan entrañable cariño. Diariamente visita don Francisco a don Guillermo. Cuando éste está con otras personas, aquél se devuelve o si le instan que permanezca, toma asiento y guarda silencio. Sólo que las circunstancias lo obliguen, entra monosilábicamente en la conversación. Es de una atrayente figura mefistofélica. Sabía que a la fama de su hermano le convenía la demostración de la menor edad. Le escribió así a Uribe, disimulando el propósito: Le incluyo la partida de bautismo de mi hermano Guillermo para que éste no se pudra viche.
«En el umbral de la polvorosa puerta…»
¡Lástima de muchacho!, continuó el padre Gaujon: le ha dado por el decadentismo y se va a echar a perder. Vean estos versos que acaba de publicar. Los ha recitado en el teatro de Colón de Bogotá y se los han aplaudido con frenesí. El general Uribe dizque le tiró su sombrero de copa y el escenario se llenó de sombreros y de flores, arrojadas éstas por las señoras. Claro que los versos son de vena. Oigan ustedes.
Y con un mohín como de burla y una sonrisita como de pena, desdoblando un periódico en que estaba “Anarkos”, después de explicarnos el título, del griego an, sin, y arche, gobierno, y de comentar con reservas el fuerte epígrafe de Federico Nietzche, empezó a leer:
En el umbral de la polvorosa puerta, sucia la piel y el cuerpo entumecido, he visto al rayo de una luz incierta, un perro melancólico dormido (…)
Esto que sigue sí está muy lindo, anotó continuado la lectura:
El diamante es el lloro
De la raza minera
En los antros más hondos de la hullera:
¡Loor a los valientes campeones que vertieron sus lágrimas entre los socavones!
Es el rubí la sangre
De los héroes que, en épicas faenas, tiñeron el filón con el desangre que hurtó la vida a sus hinchadas venas.
¡Loor a los valientes campeones que perdieron sus vidas entre los socavones!
El zafiro recuerda a los trabajadores de las simas el último girón de cielo puro que vieron al mecerse de la cuerda que los bajaba al laberinto oscuro:
¡Loor a los sepultos campeones que no verán ya el cielo entre los socavones!
Y el topacio de tinte amarillento es recóndita ira y concreciones de dolor; lamento que entre el callado boquerón expira:
¡Loor a los cautivos campeones que como fieras rugen entre los socavones!
Siguió leyendo. Nos parecía muy largo. Suprimió algunos trozos. El final sí me gusta mucho, comentó el padre Gaujon, y el padre Malezieux, mirando sobre sus lentes, sólo dijo:
- Vale mucho Guillermo Valencia.
Como todo innovador, al principio incomprendido
Tocaron la campana y enfilamos para nuestras clases.
Valencia, en las bodas de oro de los padres Lazaristas, en el seminario, en 1921 cantó al padre Malezieux, su rector que tanto lo quiso, en bellísimas estrofas del metro del “2 de mayo” de Manzonni.
Ni mis condiscípulos ni yo entendíamos mucho, de verdad, “Anarkos” y la sonrisita del padre Gaujon era la pauta que teníamos para apreciarlo. Eso de principiar un poema en el umbral de una polvorosa puerta y con un perro nostálgico y lánguido, nos parecía algo que no concordaba con la alteza de las musas. No eran muchas nuestras lecturas poéticas. Las mías, de niño, se reducían a “Las mujeres del Evangelio” de Larmig, con el beneplácito de mi padre y a versos, leídos a hurtadillas, de Campoamor y Núñez de Arce. Talvez ya tenía noticia de don Julio Arboleda y recitara el Canto a Popayán del poema de Gonzalo de Oyón. Pero Larmig era mi poeta. Aún recuerdo:
“Rosa a la orilla del Jordán nacida, Inmaculada Virgen de Judea; estrella de los cielos desprendida, aura del manso mar de Galilea…”
Y me suenan deliciosamente todavía estos versos; tienen el poder evocador de música que de pronto borra lustros y lustros y lo retrotrae a uno a tiempos tanto más felices cuanto más lejanos; me saben a guayabillas y a espuma de leche tomada con hoja de cafeto en el corral de “La Paz”. Tienen para mí el olor del “lechero” y de las anguchas de mis campos.
En son despectivo llamábase a Valencia decadente y “Cigüeñas blancas” era motivo de malintencionados equívocos en el corro literario de mi tierra.
Le ocurría al altísimo poeta lo que a todo innovador, a todo inteligente descubridor de nuevas formas; lo recibía la incomprensión. El hombre, de suyo, no es revolucionario, casi todos los hombres son ingleses, ceñidos, apegados a la tradición. El paso de Núñez de Arce a Silva fue muy difícil para los colombianos. Recuerdo las mofas que se hacían al inimitable “Nocturno”.
“Y eran una
Y eran una
Y eran una sombra larga…”
Y se abrieron los ojos al templo de la Belleza
Cuántas parodias necias se les acomodaron a estos versos, tan suaves hoy y de tan honda sugestión. Y cómo maltrataron los críticos a Rubén Darío en sus comienzos. En Nicaragua, alguien que firmaba Rubén Rubí ridiculizaba una a una, mal imitándolas, las composiciones del autor de “Azul”.
Un señor de apellido Muñoz, de Medellín, hizo una ramplona crítica de Anarkos, la que en su tiempo alcanzó celebridad. Crítico y crítica yacen hoy en el olvido. Apenas si rememoro el mal humor que le causaban aquellos humanísimos versos:
¿Quién me dirá si un huevo es de torcaz o víbora? La mente no sabe leer lo que en el tiempo asoma, el hombre, como el huevo, en nidos de dolor será serpiente, ¡en nidos de piedad será paloma!
Quienes asistimos al nacimiento de “Anarkos” hubimos necesidad de leer muchas veces el poema para irlo entendiendo y gustando cada vez más. Cuando el prejuicio fue vencido por la deslumbradora belleza de esos versos de honda sociología, fue como si tras larga fatiga de ceguera hubiéramos abierto los ojos ante el templo radiante de la Belleza.
Cada verso es el destello de un diamante
Allí el poeta es verdadero vate, vidente, que previó todo el horror de la lucha social y halló en la doctrina cristiana la fórmula de aplacarla. El agudo problema del mundo actual lo vio claro desde hace cuarenta años. “Anarkos” es un canto profético, una clarinada al porvenir. ¿Qué detalle se le escapa de la presente lucha tremenda? En esas estrofas encuentran expresión todo el dolor, toda la angustia, todo el frío y el hambre y la desesperanza de los proletarios, “(…) pálidas legiones de espectros que en la noche de sus cuevas, al ritmo de sus tristes corazones viven soñando con auroras nuevas de un sol de amor en mística alborada y, sin que llegue la mentida crisis en medio de su mísera nidada, los degüellan las ráfagas de tisis”.
La opresión de los amos a “la desventurada tribu de miserables”, el egoísmo y la culpable indiferencia por éstos, hallan la más exacta pintura en el poema:
“Sin pan, ni amor, ni gruta donde dormir nuestras febriles horas, sucumbís a la bárbara cadena, sin más visión que la chafada ruta que os empuja a los légamos del Sena (…). Cuán lejos de nosotros se levanta, sobre columnas de marfil bruñido, la ciudad de los Amos, donde canta su canto de ventura el gozo entre las almas escondido. Allí todos olvidan nuestra angustia. Los árboles no dejan -de silencio cargado y de flores- llegar, de los vencidos que se quejan, el trino funeral de sus dolores (…)”
“¡Ah!, si es que apunta con fulgores rojos el astro de la sangre por Oriente. Bajo el odio del viento y de la lluvia por la frígida estepa se adelantan los domadores de la Bestia rubia: ya los perros sarnosos se tornaron chacales. De ira ciego el minero de ayer se precipita sobre los tronos. Un airado fuego entre sus manos trémulas palpita, y sorda a la niñez, al llanto, al ruego, ¡ruge la tempestad de dinamita!”
Plantea el problema social con ojo aquilino, maneja con pulso de cirujano y lo desenvuelve en forma deslumbrante de novedad y belleza, en que cada verso es el destello de un diamante y cada imagen un sorprendente hallazgo de originalidad y gusto. Y expone en ritmos de no oída armonía la solución única, la que da León XIII, la que da Pío XI. La última parte del poema tiene la diafanidad de un axioma, la gracia del sol tras la borrasca, el encanto de un amanecer:
“¿Quién los conciliará? Tibios reflejos de una luz paternal y vespertina visten de claridad el linde vago: es que el Patriarca de los ritos viejos, de sapiencia cubierto se avecina, con la nerviosa palidez de un mago. Es flaco y débil: su figura finge lo espiritual: el cuerpo es una rama donde canta su espíritu de Esfinge, y su sangre, la llama que los miembros cansados transparente, de su nariz el lóbulo movible aspira lo invisible; son sus patricias manos una garra febril y amarillenta: es de los griegos la gentil cigarra que con mirar el éter se alimenta. Impalpable se irgue -melancólico espectro- y de la cuerda blanca a su místico plectro la melodía arranca. Impalpable se irgue: hay algo de felino en su trémula marcha, hay mucho de divino en la nítida escarcha que su cabeza orea. Cruza sin otras galas que la túnica nívea que semeja las alas rotas de un genio de celeste coro y sobre el pecho una cruz de pálido oro. Alza el brazo. La Europa lo aguarda como a antiguo caballero, debajo de una bóveda de acero. Calla sus labios la soberbia tropa de esclavos y señores: el Pontífice augusto trae el bálsamo santo que redime, y calma la batalla de panteras; revalúa lo justo; ya va a decir el símbolo sublime (…) Y de sus labios tiernos salió, como relámpago imprevisto, a impulso de los hálitos eternos, esta sola palabra: Jesucristo.
II
El canto “A Popayán”
La ciudad callada de voces de bronce
Belalcázar trazó a cordel y en uno de los más amenos sitios de América la ciudad de Popayán. Dijérase un tablero de damas inconcluso en sus extremos. Ninguna casa con más de dos pisos. Calles rectas, anchas las principales. Paredes encaladas, suavemente teñidas ahora de azul o de amarillo o de rosado. Puertas de cedro, varias con marcos de labrada piedra y en algunas, heráldicos escudos. Ventanas de rejas españolas. Habitaciones de soleados patios en que revientan, alegres, las flores. Techos pardos, color de vejez. La atrevida cúpula de la catedral, obra de don Adolfo Dueñas, señorea la ciudad. La torre del reloj le da a ésta su perfil. Está en la plaza, junto al moderno y sobrio palacio arzobispal; para el extraño no tiene gracia: es un cuadrilátero de ladrillo, de dos cuerpos, liso el primero, con dos ventanillas en el frente y las campanas en el segundo, de pareadas ventanas de arco en los cuatro lados; cúbrela un chato tejado que remata con una veleta sobre la sencilla cornisa del primer cuerpo y entre los arcos del segundo, un reloj de un solo puntero, colocado allí en 1756, al que Nariño le cambió las pesas por piedras, para emplear en balas el plomo. Todavía penden las piedras de las cuerdas. Para el popayanejo esa torre es “la nariz de la ciudad”, no ha tolerado no consentirá en que se la desnarigue. Valencia, de quien es la feliz expresión transcrita entre comillas, en brillante página en “Diario del Pacífico” que yo dirigía en Cali, la defendió con ahínco para contestar una encuesta del excelentísimo señor arzobispo, doctor Maximiliano Crespo, acerca de si convenía o no derruirla. Los campanarios de diez iglesias le dan a Popayán sus voces de bronce. Ningún otro ruido, sino ahora el de las sirenas de los automóviles que se deslizan por el pavimento de asfalto, reemplazante del empedrado gris, perturba su plácida calma. El cerro de la Eme, la colina de las Tres Cruces, la de Belén, perfecta, cantada por don Julio, coronada de una linda capilla y con una esbelta cruz de piedra en cuya base léense devotas y ¿medrosas inscripciones, y las redondas lomas esmeraldinas del sudeste, defienden la ciudad, son recreo para los ojos y arte mural del ígneo Puracé que, al oriente, la vigila y ciñe de majestad soberbia.
Popayán, ciudad de encanto donde se arregla el mundo
Al norte y al occidente, circunscrito por los ribazos de la cordillera por donde muere el sol, se tiende el tibio valle graciosamente cortado por el río Cauca que pasa a prisa cantando entre las piedras y los árboles su canción argentina, valle asombrado por frondosos robledales, esmaltado de huertos, pastos y grasas vacadas y de una luz multicolora y suave, propicia a la meditación y al ensueño.
Poca gente transita por las calles de Popayán. Es una ciudad tranquila, no manchada de fábricas, una ciudad de encanto, frecuentemente roto por las tempestades. Cruzan entonces los rayos sobre ella y el espacio se llena con el retumbo del trueno. El espectáculo es magnífico: mil veces en un segundo enciéndese y apágase la encandilante luz; asorda y empavorece el estallar de las centellas; hácese noche el cielo; rezan las gentes el Magníficat; se desploman las nubes y desbórdanse cataratas de agua. El ozono ensancha los pulmones, activa la circulación de la sangre, despeja el cerebro. Un exquisito bienestar sigue a las tormentas. Esplende el sol; torna el cielo a su embriagante azul, los moradores a sus quehaceres. Continúa la interrumpida lección en la histórica y gloriosa Universidad. Fórmase de nuevo el corrillo en la tienda, en el portón, en la esquina, en la plaza. Se discute de todo: de política, de gramática, de filosofía, de teología, de todas las ciencias divinas y humanas. Muy poco de negocios. Se arregla el mundo.
La historia de la ciudad hecha poesía
Las gestas y los príncipes de esta ciudad, acurrucada en pintoresquísimo rincón de los Andes, venero de historia colombiana, amor de Valencia, arrancaron al plectro de éste el canto “A Popayán”.
Se lo oí recitar en una velada literaria, en la que lo estrenaba, en la Universidad del Cauca. Autógrafo en un pergamino obsequió con él al rector, presbítero Belarmino Mercado D., quien tenía devoción especial por el maestro.
Es un poema de sonoridad latina en hexámetros virgilianos, historia hecha poesía, filial tributo de amor intenso a la ciudad cuna del artista; versos que suenan a tempestad, al golpear del río –“alma viva del gesto fugaz”- contra los pedrejones, al aleteo de la gloria que tienen la luminosidad del rayo y están tocados de eternidad; versos como un jardín de mármoles del que surgen, maravillosos de belleza, las figuras y los hechos proceros.
Anuncia el poeta en la primera estrofa la sencillez de la ciudad, escasísima de monumentos conmemoradores de sus hechos ilustres. Apenas si hay allí pobres lápidas: Caldas, 1861; Torres, 1816, Tomás Cipriano de Mosquera, Manuel María Mosquera, el Arzobispo Mosquera, don Joaquín Mosquera; en tales casas vivieron don Julio Arboleda, don Sergio Arboleda, Miguel de Pombo, Francisco Antonio de Ulloa, Manuel José Castrillón, José María Obando, José Hilario López, Julián Trujillo, Froilán Largacha, Santiago Ortiz, Miguel Santiago Vallecilla. Faltan muchas. Ni arcos ni columnas, ni pirámides ostenta la ciudad.
La memoria de sus grandes hechos y la evocación de sus hijos a sus grandes hombres son sus monumentos; la glorificación de unos y otros pertenece a la categoría de lo espiritual e incorpórico:
Ni mármoles épicos, claros de lumbre y coronas, ni muros invictos, que prósperos hierros defienda y guarden leones de tranquila postura triunfal, ni erectas pirámides – urnas al genio propicias, magníficamente tu fama dilatan, sonora, con voces eternas ¡fecunda ciudad maternal!
Nostálgico pozo de olvido
Los atributos espirituales de Popayán se insinúan en la segunda estrofa. La ciudad vive en éxtasis ante el ideal y sus gloriosos recuerdos, es una ciudad lúgubre con su apariencia de ciudad muerta, despertada sólo por las tempestades que iluminan su cielo. Como resumen característico esencial, el poeta ha sugerido las categorías de la añoranza, de la inmovilidad profunda y del olvido destructor. Para templar la lobreguez de estas características, el poeta alude al aticismo de sus hijos que, a semejanza de las abejas griegas que labraban los panales del Himeto, liban en las flores de su valle feliz para crear la sabrosura de la vida social y la embriagadora dulcedumbre de las formas artísticas. Es más; en contraste con estas blanduras de la forma aparece el ave simbólica de la perspicacia, la fiereza y el vuelo, que baja a refrescarse en la gélida y ácida corriente del tumultuoso Cauca:
Extática, lúgubre, las procelosas cuadrigas tu sueño sacuden, nostálgico pozo de olvido. Abejas de Jonia melifican del árbol en flor que nutres, y al águila, ebria de luz y viento, las garras febriles y el pecho tremente de luchas, aplacan tus gélidas aguas de amargo sabor.
Una ciudad que vive del silencio
Continúa en la tercera estrofa la enumeración de peculiaridades. Popayán es una ciudad de silencio, como “Brujas, la muerta”. Cuando el poema fue escrito era constante la negación de todo ruido, apenas modificada hoy por los automóviles, la locomotora y los escasos aviones. La primera impresión del viajero se la impone el silencio circundante, luego la visión de las colinas protectoras que cercan el poblado dominado por el nevado del Puracé, como un diamante iridiscente; una nueva alusión al río Cauca completa el paisaje. Tras esta descripción esquemática contenida en los tres primeros versos de la estrofa, bien por primera vez la evocación del sacrificio, cuatro veces secular de la ciudad, personificada en una ánfora antigua, llena de sangre augusta, que no acaba de vaciarse y que corre tácita bajo la mirada de las estrellas que la vieron y la verán fluir perennemente. Al amor de este riego, las palmas de las luchas cívicas y las luchas guerreras, destinadas a premiar héroes y próceres, brotan con exuberancia rumorosa.
“Tú vives del silencio… Cércante vigilantes colinas, do el monte puro bajo el azul destella. Sofrenas tu río, alma viva del gesto tu faz, y el ánfora esbelta, rica de sangre augusta, perenne derramas, al brillo de estrellas insomnes… ¡y brotan las bélicas palmas en lírico haz!
La nostalgia por mejores épocas
La cuarta estrofa alude a la edad de oro de la ciudad, edad que puede colocarse entre la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del XIX. Fue ésa la época de mayor riqueza y, por lo tanto, del mayor bienestar público. El ser Popayán capital de dilatadísima provincia civil y eclesiástica y la llevan a ella a personajes muy distinguidos de otras patrias, los que fundaron casas solariegas. La cornucopia de la abundancia brindaba sus frutos a la ciudad procera y el árbol de la vida se desgajaba al peso de sus pomas de oro. La sugerencia de esas horas en contraste con el estéril y fatigoso presente arrancó al poeta un grito angustioso de llamada a la matrona excelsa y a sus fieles hijos para que la devuelvan a su prístina alegría y le ofrenden el símbolo de las victorias nuevas:
“Tú vives del pasado. Púrpura de razas soberbias en prófugo instante volaba quemando tus hombros y en púberes gajos te reían las pomas de miel… ¡Levanta! La túnica fulge de honor y heridas; ¡acudan tus buenos, y el ostro marchito restauren y mullan tus sendas con hojas de nuevo laurel!
La fe en un futuro mejor
Consigna la quinta estrofa una característica del alma payanesa: la gran confianza en el porvenir, una esperanza imperecedera de ventura. Dijérase que una voz secreta murmura al oído de todo payanense: “el sino de la ciudad es inmortal”. Esta fuerza de proyección hacia el futuro, disipa la bruma de los tiempos venideros, aclara los misterios que guarda lo desconocido, iluminado con los halos de los grandes patricios y ennoblece el cielo del recuerdo. La esperanza nos deja ver a nuestra raza venturosa en su conquista y feliz en la seguridad de descubrir con el ojo de sus cerebros privilegiados todo cuanto bulle y se agita más allá de los astros, lo que el canto simboliza en la Cruz del Sur, la constelación de Magallanes:
“Y vives del futuro. Las árticas brumas del tiempo rasgas; con ojos sabios interrogas la noche; tus hijos epónimos magnifican el prístino azur con trémulos halos, y miras tu raza ventura feliz en la fuerza, feliz en sondar el misterio que puso en el éter el místico Signo del Sur…
Glorias, dones e imposibles
Tras una alusión a la aristocracia, la que es selección, depuración, labor afinadora de siglos, aristocracia a la que el poeta pertenece, pues su genealogía se remonta límpida a don Alfonso el Sabio de Castilla, lo que consta en auténticos pergaminos que cuidadosamente guardaba don Lorenzo Lemos, gran señor de la piedad, la honradez y el orden, pariente de Valencia, con la historia completa de la familia de este ilustre apellido, cuyos blasones los llevaba el Conde de Casa Valencia, del que directamente desciende aquél, tras una evocación de las armas y de las letras, concretadas éstas en la oratoria, de las que tan altos exponentes tuvo siempre la ciudad, se destaca arrogante, en la sexta estrofa, como una concreción de la gloria de la ciudad, como una síntesis del héroe y del poeta, la silueta ceñida de laureles de don Julio Arboleda:
«Tú vives de tus glorias. En himno sin término vuelan la soberbia esperanza con alas de Victoria, tus bruñidos escudos, tu gladio de fosco metal. Con numeroso verbo tus triunfos el ágora en alba, y, castálida fuente, sólo por ti murmulla del héroe aquilino la pródiga voz de cristal.
Un presidente payanés, José Hilario López, sancionó la ley de la libertad de los esclavos. El pueblo lo tiene por el libertador de éstos. El hecho está esculpido para los siglos en esta estrofa:
«Y vives de tus dones. Tu mísera gente africana por ti las manos muestra, sin hierros, a la Vida, y en férvido ahínco, monumentos de forma sin fin erige con el bronce vivo de sus progenies que en móviles grupos, de toscas o nobles figuras, relievan tu hazaña; de uno hasta el otro confín.
La imposible leyenda de la tumba de don Quijote
Una leyenda muy popayanense coloca en la ensoñadora ciudad la tumba de don Quijote; el payanés se goza en repetirla: el manchego es símbolo de las más altas preseas del espíritu, el alma de don Alonso discurre por la ciudad callada e idealista. La leyenda creó un poema del mismo Valencia, titulado: ( ) y fue incrustada en el Canto a Popayán para magnificar, cotejándolos con el manchego, a Carlos Albán, prototipo del payanés: talento, ciencia, poesía, valor, muerto gloriosamente en el Lautaro, en aguas panameñas, durante la guerra de los mil días, el 20 de enero de 1902 y a don Tomás Cipriano de Mosquera, el gran general, audaz héroe, cuatro veces presidente de Colombia:
“Y vives de imposibles. Al óptimo, audaz caballero, Señor de la Mancha, de escuálida, triste figura, sepulcro le diste, bajo un roble de añosa virtud. Patético hidalgo: de prez tus armas brillan: dos veces tus pares probaron al orbe su temple: en trágico golfo tu yelmo; tu lanza en Cuaspud.
Ciudad de mártires
Parece que a Popayán la persiguiera el trágico destino de sus hombres ilustres. Desde Belalcázar hasta Julio Arboleda y Carlos Albán, el largo martirio o la muerte violenta dieron fin a innumerables hijos suyos. El cerro de las Tres Cruces, simbólico calvario, el opuesto, el Belén, con su historiada cruz, en un límite y en el camposanto, con su signo de redención, cifran la historia de la ciudad desde su fundación hasta estos días.
Caldas, el sabio y el mártir por la Patria, Torres, “el verbo de la revolución de independencia”, el arzobispo Mosquera, virtud, sabiduría y también martirio, todos los payaneses muertos por el ideal: José Rafael Arcos, Francisco Arellano, Domingo Arboleda, Agustín Calambazo, José Ignacio Ibarra y Rebolledo, Pedro López, Miguel de Pombo, Fidel Pombo y O’Donell, José María Quijano, José María Ramírez, Leonardo Trujillo, Francisco Antonio Ulloa, Eduardo Valencia, Pedro Felipe Valencia, también poeta, payanés por adopción, pues nació en Madrid pero vino a rendir su vida por la independencia, consanguíneo de nuestro poeta, a quien este consagró broncíneos sonetos, y tantos otros sacrificados en la guerra magna o en las fratricidas, esculpidos están en esos versos con cinceles eternos:
«Tú vives del martirio. Monótono arroyo de sangre afluye de tu pecho al ávido mar sin orillas… ¡Del Orto al Poniente magnifica tu sino la cruz! Al ara fatídica llevan, cual eterno holocausto, su genio, tu Prócer; el núbil torso, Camilo; tu víctima sacra, sus púdicos lirios de luz…
«Extrañas rimas de un sentido recóndito…»
La décima estrofa es un grito de orgullo de la ciudad: no tolera que nadie pretenda amenguarla. La ciñe Valencia con un manto real. “Púrpura de razas soberbias”. La majestad camina en estos versos:
«Y vives del orgullo. Colérica tribu de azores tus marchas preside. Las víboras mudas se tuercen al golpe moroso de tu cetro de insigne marfil. A ti los relámpagos ciñen radial corona; a ti las tempestades rinden sus espadas de oro; conquistas evoca tu rostro de fiero perfil.
En la duodécima estrofa se refiere el cantor al proceso vital que se continúa entre la oscuridad germinativa de la raza. Después de enumerar glorias y dolores, el poeta pide a la divinidad que perpetúe los gérmenes de la ciudad procera.
«En lóbregas simas tu savia la plebe concentra como el carbón sepulto, la chispa milenaria. Tus bíblicas madres, cual espigas al beso de abril, inclínanse grávidas…. ¡Fluyan eternamente como las aguas mudas entre las selvas mudas, tus próceres gérmenes de fausto vigor juvenil!
Los versos de ese canto harán vivir a Popayán como los de Homero a Troya, rutilantes, soberbios, majestuosos, únicos. Y cuando los recitó Valencia fueron muy poco entendidos: sonaron como una música de Wagner ante un auditorio acostumbrado a los pasillos. “Extrañas rimas de un sentido recóndito”, dijo de ellos Baldomero Sanín Cano.
Ciro Molina Garcés optó en el Colegio del Rosario de Bogotá el título de doctor en filosofía y letras, con una tesis acerca de este poema, cuya estructura, reciamente latina, analizó con lujo de griego y de latín. El estudio de los hexámetros lo hizo con ciencia y con amor; pero todo crítico gusta señalar algún defecto en la obra entre manos y encontró fuera de la realidad este verso:
“Y el rey degollado, mil veces purpura el azul.”
Tiempo después fue Molina Garcés a Popayán y visitó a Valencia en Belalcázar. Era una tarde de verano; una soberbia tarde de verano popayanejo. Azul intenso en la celeste bóveda, diafanidad purísima del aire, blanda brisa y perfumada y un crepúsculo rojo, color de sangre, uno de esos crepúsculos inverosímiles en que sobre la cordillera occidental se amontonan las nubes como luminosos lagos sangrientos que reflejaran un incendio romano.
Valencia llevó a Molina al corredor alto de su amplia casa, desde donde se divisaba, tras el torrentoso río, tras el verde robledal oscuro, más allá del valle y de las colinas y encima de la destacada cordillera el soñado crepúsculo en que borbotaba la sangre del rey degollado y suavemente empezó a decir:
- La tarde se mustia… Figuras ceñidas de tul agrúpanse pávidas. Arde implacable hoguera: el cóncavo cruzan torbellinos de nácares y oro, ¡y el Rey degollado, mil veces purpura el Azul!
- Tiene razón, Maestro, dijo Molina Garcés.
¡Y cómo recitó Valencia el canto “A Popayán” en la Universidad! No he oído nunca a nadie que recite mejor que él: qué desmañado Álvarez Henao recitando “la Abeja” o “Los tres ladrones”; Villaespesa no se le acercaba como recitador; José Santos Chocano, a quien oí en Cali, ignoraba el arte de declamar; Víctor Mallarino es teatral; la voz de Rafael Maya, el poeta de “La Rosa Mecánica”, el primero entre “los nuevos”, el primero después de Valencia, el de las imágenes transparentes como el aire matinal, es opaca, sorda; Ricardo Nieto llora sus versos; Mario Carvajal, exquisito liróforo, escritor de bruñidas prosas de alto pensamiento, es demasiado solemne; Antonio Llanos mascuja sus deliciosas poesías; Genaro Muñoz, filósofo y poeta, puja las suyas.
Cómo recita Valencia
Berta Singerman
Oí a Berta Singerman: la aplaudí con entusiasmo cuando declamaba poesías de otros autores; echó a perder “Las dos cabezas” que lo le había oído recitar a Valencia con esa voz melódica, fina, clara, firme, que dibuja las palabras, que enciende las ideas, que contornea y precisa las imágenes; con ese gesto y ese ademán supremamente aristocráticos con que sensibiliza el pensamiento; con esa euritmia en toda su figura; con esa elegancia griega en todos sus movimientos. También le oí a la Singerman recitar el Nocturno de Silva. Ni sombra de ese “nocturno” recitado por Valencia, dueño del alma de tan maravillosa poesía.
A propósito de la Singerman, recuerdo que leí un elogiosísimo concepto de Valencia sobre la manera de recitar esta singular mujer, grande y artística recitadora en muchos países. ¿Dónde habrá oído Valencia recitar a la Singerman? No había andado por Sur América cuando ésta triunfaba en la Argentina, Chile, el Perú y no había venido todavía al país. Se lo pregunté al mismo Valencia.
- No la he oído recitar, me contestó
Silva inició la brecha
Trabajosamente fue abriéndose paso la manera literaria de Valencia. Silva había iniciado la brecha. Sólo una vez vio aquél a éste, con quien se cruzó en una calle de Bogotá. Alguien le indicó a Valencia: allí va Silva. No alcanzaron a relacionarse. A poco, Silva se mató. Uno de los escasos inmediatos comprensores de la obra magnífica del atormentado autor de “Gotas amargas” fue Valencia; aprehendió al primer golpe de vista toda la belleza de las rimas de ese artista, incomprendido y aún escarnecido, que había injertado en un rosal de España perfumadas rosas de Francia.
En el gancho de un periódico bogotano, cuyo director se mofaba de “esos renglones, unos cortos y otros largos que había llevado un joven decadente”, encontró Valencia una de las poesías de Silva. Valencia los explicó e hizo la defensa del poeta. (Sí, como los tubos del órgano)
“Leyendo a Silva”, poema con que se abre “Ritos”, el libro de Valencia, es una elegía que resume en pareados de excelsa inspiración la vida, el pensamiento, la obra “del último nacido del viejo Cisne y Leda”. Ahí está Silva, “místico sediento”, tallado en armonía, estilizado, esclarecido, visto con ojos de inteligente amor.
En la revista “Popayán” y con el pseudónimo de “Juan Canas” comentó Valencia, exultando al poeta, el mal prólogo que escribió don Miguel de Unamuno a una edición española de las poesías de Silva.
La historia de la literatura colombiana es una historia de honor
Cuando apareció Valencia en el escenario de la poesía colombiana dominaban el campo Rafael Pombo, Belisario Peña, julio Flórez, Álvarez Henao, Diego Uribe, Rivas Groot, Ismael Enrique Arciniegas, Enrique W. Fernández, Adolfo y Ernesto León Gómez, Rivas Frade, Pombo, el gran poeta colombiano del siglo XIX, hijo también de Popayán aunque nacido en Bogotá, como es payanés don Julio Arboleda, aunque dado a luz en Timbiquí, y Peña, el más alto entre los poetas místicos colombianos, estaban ya para rendir la vida. Flórez, romántico, inspirado, frondoso, era el más afamado entre los jóvenes liridas de entonces, los que eran de veras poetas. El poema “Constelaciones” de Rivas Groot vivirá mientras el gusto por el resplandor de la verdad no haya desaparecido. Era, pues, brillante el coro de aedas cuando surgió Valencia, quien entró en el Parnaso no con látigo en mano, como es costumbre ahora entre los “novísimos” para quienes todo lo anterior a ellos es la nada, sino con el gesto del caballero que saluda galante a quienes va a disputarles en buena lid la primacía. Le dedicó a Julio Flórez el poema de “Los Crucificados” y para la coronación de Rafael Pombo escribió un armonioso soneto (…)
El culto por las letras fue siempre característica colombiana, desde Jiménez de Quesada hasta hoy. Quizás ayer más que hoy. Hoy se vive más a prisa. Aquel culto se va concentrando entre los religiosos. A laicos de la estirpe de Miguel Antonio Caro y de marco Fidel Suárez, los reemplazan ahora dos jesuitas profundos en saber y en escribir: el maestro Padre Ospina y el Padre Félix Restrepo.
Piensan alguno y aún lo he visto escrito que antes de Silva y de Valencia era mediocre la literatura patria. Los nombres que he citado borrarían de sobra ese concepto de la ignorancia. Pero Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suárez, Rufino José Cuervo, José Manuel Marroquín, Tomás Carrasquilla, Antonio Gómez Restrepo, Rafael María Carrasquilla, Cortés Lee, Antonio José Restrepo, José Joaquín Casas, para no citar otros de los literatos existentes a tiempo de la iniciación literaria de Valencia, bastarían para mostrar el auge literario de esos tiempos, sucesores de los famosos de “El Mosaico”, de los de Jorge Isaacs, de los de José Eusebio Caro, José Joaquín Ortiz, José Manuel Restrepo; los de Vargas Tejada, Caldas, Francisco Antonio Zea. La historia de la literatura colombiana es una historia de honor, colmada de nombres ilustres cuyas obras, ávidamente leídas, lucen en las bibliotecas de todos los países en que se cultiva la lengua de Cervantes.

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