Alguna vez, en Florencia, recorrimos por horas todos los pasillos interminables de la Galería Uffizi buscando el nacimiento de Venus del pintor del Renacimiento italiano Sandro Botticelli.
El primor del rostro de esa mujer que emerge del océano, su expresión, esos ojos dulces, esa delicadeza de un rostro joven, limpio, vital, que mira indiferente al vacío y te llena de curiosidad por saber qué es todo eso que lleva por dentro y hace que su belleza irradie un magnetismo tranquilo, solitario, que delata una soledad profunda y la añoranza de querer amar tanto como se sabe adorada, es lo más cercano a la perfección que podamos admirar en una obra de arte.
Botticelli en sus cuadros nos enseña, ante dodo, que la estética es la sublimación de los valores que apreciamos y su reflejo en el lienzo, en la técnica, en la composición, en la paleta y la narración, entre algunos de los muchos elementos que intervienen en la creación.
Después de ver un documental sobre el artista, alguien mencionó la estética del arte callejero, la estética del rap, la estética de lo, hoy, «políticamente correcto».
Al reflexionar sobre la estética de Botticelli y contrastarla con esa estética moderna que inunda nuestra cotidianidad, aprendemos, también, que la estética puede ser, igualmente, la sublimación de la ignorancia y su reflejo.

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